Un suelo bien formado, funcional, con horizonte superficial rico en complejos órgano-minerales, con actividad bacteriana y lombrices, constituye un elemento esencial, básico para el correcto aprovechamiento del agua y la retención e intercambio de nutrientes. Estos serían sólo algunos ejemplos de constituyentes del sistema que requieren períodos largos para su formación, que no se improvisan y constituyen el capital del sistema agrario. Sin embargo, pueden ser destruidos fácilmente, movilizando una fertilidad acumulada durante siglos. Ya se ha dicho muchas veces que en las explotaciones agrarias se confunden con frecuencia “capital” con “renta”.

El suelo proporciona el hábitat para una comunidad diversa de animales invertebrados y las interacciones más comunes que estos invertebrados tienen es la de comerse unos a otros. Estos animales son tan pequeños que para descubrirlos es necesario extraerlos mediante diferentes técnicas (embudos de Berlese, flotación, trampas Pitfall) y observarlos con aumentos.
Conocer tanto las relaciones existentes entre estos animales invertebrados como su relación con las plantas que viven en el mismo suelo es útil para perfeccionar el ecosistema agrícola y para saber valorarlo.
En la red trófica que encontraremos en el suelo, aparecerán varios grupos de depredadores, entre ellos los ácaros gamásidos. Estos ácaros pueden alimentarse de varios grupos de organismos, entre ellos, los nematodos, algunos ácaros y varios insectos que son plaga de distintos cultivos. Además, la presencia de algunas especies de estos ácaros se puede utilizar como indicadora de la calidad ecológica de un ecosistema.